Opinión
Los primeros miserables del doble terremoto
Lea el artículo del periodista Randolph Borges
Es lugar común hablar de la solidaridad del venezolano, de nuestra hospitalidad y generosidad a prueba de todo. Siempre nos auto-elogiamos y nos sobamos el ego sobre lo “buenagente” que somos, pero poco hablamos de nuestras miserias personales y colectivas, de la crueldad y la irresponsabilidad que también tenemos y, aunque los terremotos del 24 de junio sacaron esa parte positiva de nuestro gentilicio, también hicieron aflorar lo peor de las almas más oscuras de la sociedad.
La diatriba política en Venezuela nos ha dado muestras de las expresiones más sombrías del ser humano. Golpes de Estado a través de los medios de comunicación, guarimbas asesinas, chantajes alimentarios, peticiones de bloqueo e invasiones y hasta quema de personas vivas por pensar distinto, son algunas de estas muestras. Solo faltaba una tragedia natural de esta magnitud para que los más perversos pusieran todo su empeño en desnudar los límites inexplorados de su bajeza.
Es difícil imaginar que muchas de las acciones miserables que afloraron en algunas personas no estén infectadas del odio que se ha inoculado sobre un sector de la sociedad durante años. Bajo un clima de incertidumbre, de pánico y de angustia total como el que vivimos el 24 de junio y en los días siguientes, quienes maquinaron cómo sacar provecho del caos, sólo pueden calificarse como personas profundamente enfermas de apatía.
La miseria inoculada y la miseria espontánea
Tras los terremotos, la primera reacción colectiva fue la de ayudar a las víctimas, rescatar personas, consolar a quienes perdieron todo. Pero mientras el dolor llamaba a la solidaridad, los primeros miserables ya preparaban su estrategia. Es difícil saber lo que hay en la cabeza de personas que, ante el dolor ajeno, tengan como primera reacción sacar provecho de ello.
Los sismos afectaron a todos por igual y mientras se hacía el respectivo control de daños, los primeros miserables impulsaron la falsa información sobre la inacción de las autoridades para atender la contingencia y crearon la consigna “todos a La Guaira”, lo que provocó el congestionamiento vehicular hacia el estado costero, y por lo tanto los retrasos en las labores de rescate. La falsa información se regó rápidamente y bajar al litoral, la zona más afectada, se tornó imposible, lo que motivó a la restricción del tránsito hacia la costa.
El caos provocado llevó a que otros miserables, desde esa misma noche comenzaran a saquear comercios y viviendas afectadas, generando más dificultades y desviando la atención primordial de las autoridades. Ello motivó la toma de otra medida: la militarización del estado La Guaira. Aunque la decisión fue rápidamente atacada por los fabricantes de información, fue necesaria para preservar la paz en medio de la tragedia.
Pero las almas oscuras no descansarían allí. Cuando aún no amanecía y ya varios rescatistas se encontraban haciendo su noble labor, a uno de estos miserables se le ocurrió la idea de anunciar la inminencia de un tsunami en La Guaira. La falsa información, carente de certificación especializada, corrió como pólvora y sorprendió en su buena fe a muchas personas que procedieron a retirarse a las zonas altas del estado, incluso muchos lo abandonaron. Allí se perdieron valiosas horas en las labores de rescate de personas tapiadas, un hecho indigno y premeditado que no tiene perdón de ninguna deidad.
Los influencers: una miseria que no quiere límites, pero tampoco responsabilidades
Seguramente muchos especialistas siguen estudiando el impacto que las redes sociales están haciendo en nuestra sociedad y en la forma de comunicarnos, lo que también debe evaluar la forma en la que se facilita propagar el odio y la desinformación a través de estos medios.
Hace un par de décadas se decía que los periodistas teníamos un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad, pero hoy, los llamados influencers han tomado el control de los medios digitales sin una cosa ni la otra. A través de las redes sociales, estos seres egocéntricos y sobremerecedores se dedicaron a deformar la realidad según lo requerían sus patrocinantes o sus limitaciones estructurales.
Junto a los primeros grupos de rescate, llegaron estos personajes para narrar historias y acumular seguidores, entorpeciendo las tareas de quienes sí estaban ayudando. Las redes están repletas de la publicaciones de estas personas posando con supuesta ayuda, narrando historias desde su profunda ignorancia y haciendo espectáculos con el dolor ajeno para obtener muchos “likes” y monetizar con la desgracia de otros.
Los influencers se transformaron milagrosamente en expertos arquitectos, albañiles e ingenieros; pero también en aventajados geólogos, topógrafos y expertos en planificación urbanística. También hacían las veces de conocedores de labores de búsqueda y rescate, de expertos ecologistas y de talentosos entendidos en disposición de desechos sólidos. Un nuevo insulto a la inteligencia.
Todo eso ocurrió a la velocidad de un clic. Tal milagro solo puede explicarse desde la profunda y concreta ignorancia, a prueba de sismos, que ha desarrollado un sector de nuestra sociedad que no sabe ni quiere saber de límites, pero tampoco de responsabilidades.
Sus aventuras digitales, desde dentro, y peor aún, fuera del país, esta vez tuvo el costo de vidas y esfuerzos humanos, costos materiales y contribuyeron mucho a multiplicar el caos causado por el peor desastre natural de la historia reciente del país. Difícilmente alguien podrá agradecerles algo, salvo quienes consumen sus contenidos inmunes a su indiferencia.
No aprendimos nada
El tono lúgubre de este texto va en contravía a la esperanza de la que tanto se habla en muchos sectores. Y no es que se deba perder la fe en el ser humano, ya que mientras exista una mirada que se conmueva ante el dolor ajeno, hay posibilidades de un cambio verdadero. Pero a varias semanas de los brutales terremotos que aún nos mantienen alertas, todavía no se asoma un propósito de enmienda entre quienes, con su odio, complicaron la situación.
Venezuela no solo tuvo que atender a miles y miles de personas afectadas, cargar con la responsabilidad de refugiar, alimentar y atender a cada uno de los afectados, rescatar a miles de sobrevivientes y enterrar a sus muertos. A la par de todo ello, tuvo que lidiar con el combate contra las falsedades en los medios de comunicación que buscaron entorpecer este proceso.
Si bien la solidaridad nacional e internacional hizo mucho bien, no hay que quitarle el peso al daño causado por tanta maldad acumulada, que fue esquiva a una tragedia sufrida por sus propios compatriotas y levantó las banderas de triunfo de la muerte sobre la vida, creyendo que con eso golpeaban al gobierno que odian.
Mucho se reflexiona sobre lo que el impacto de los terremotos debe estremecer en nuestra conducta para ser mejores personas. Aunque muchos consideramos que se debe transitar una etapa de valoración de la vida, de aprendizaje de los errores, de abrazar más a nuestros seres queridos, otros sencillamente no aprendieron nada.

