Opinión
Causas Comunes por la Madre Tierra: La Simbiosis frente al Capitaloceno
Lea el artículo del profesor Toro Belisario
Un viaje relámpago me sacó de la montaña para juntarme con los ojos que brillan y el corazón encendido que recorre un país para verse en un sueño común. Caracas nos recibió con el ritmo frenético de quien intenta ganarle tiempo al reloj, pero dentro del Congreso Nacional de las Causas Comunes, el tiempo se sentía distinto. No era la velocidad lineal del capital, sino el pulso de quienes intentan reparar un metabolismo roto; el ritmo pausado del interior del país se hacía sentir en la capital. Al observar el cruce entre científicos, activistas y las voces de las Comunas, comprendí que estábamos ante un evento endosimbionte.
Como planteaba la bióloga Lynn Margulis, la evolución no es una competencia a muerte, sino el resultado de la cooperación. La vida compleja surgió cuando organismos distintos decidieron fusionarse para sobrevivir. Esa es la esencia de nuestras «Causas Comunes»: no son parcelas aisladas de ecologismo romántico, son la unión de saberes diversos —del laboratorio a la siembra— para enfrentar al Capitaloceno. Porque, como nos recuerda Jason W. Moore, no es el «ser humano» en abstracto quien agrede al planeta, sino la lógica del capital que organiza la naturaleza como algo gratuito, infinito y desechable.
En el epicentro del debate se gestaba una ruptura conceptual de nivel superior: dejar de ver a la Madre Tierra como una despensa de recursos para reconocerla como un Sujeto de Derecho. Esto no es una metáfora poética; es una necesidad termodinámica. Al elevar a la tierra a sujeto jurídico, nosotros dejamos de ser sus «dueños» para convertirnos en sus garantes y actores políticos. Experiencias como el Plan Chuquisaca, el manejo consciente de residuos y la educación ambiental, la jurisdicción especial ambiental; no son simples tareas administrativas, son actos de justicia reparatoria.
Es aquí donde el Ethos Barroco de Bolívar Echeverría cobra vida: esa capacidad de nuestra gente de tomar la tecnología del opresor (el derecho, la ciencia, la gestión pública) y subvertirla para proteger la vida, creando una ciencia comunal propia, mestiza y resistente. En medio de las almas, el Comandante Chávez nos hablaba desde su sangre en la voz melodiosa de su hija Rosinés: «Los seres humanos somos culpables de muchos desastres, pero también somos la esperanza». Esa esperanza se hizo carne al ver a la juventud y a la Comuna tomando la palabra técnica y he ahí el impulso que debemos dar, avanzat hacía la ciencia ambiental comunal.
La diferencia de este encuentro no estuvo en los objetivos —esas letanías de buenos deseos que suelen habitar los anaqueles de cada congreso, donde todo se declara pero nada se siembra— sino en la composición del sujeto. Cuando el científico se sienta con el comunero a discutir sobre los derechos de la vida, ocurre esa simbiosis revolucionaria que el sistema no puede procesar. Estamos pasando de la resistencia al diseño de una nueva convivencia, un nuevo movimiento. Reconocer los derechos de la Madre Tierra es el eje común que nos permite accionar, por fin, el freno de emergencia. No somos solo habitantes; somos la fuerza negentrópica que la tierra ha gestado para defenderse a sí misma.
¿Estamos listos para que la «Causa Común» sea, de ahora en adelante, nuestra única ley biológica y política?
¡Solo unidos y unidas seremos invencibles!
Toro Belisario. Profesor universitario

