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Opinión

La apuesta contra la inteligencia nunca fue tan alta

Lea el artículo del escritor venezolano Edgar Borges

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En 1961, la filósofa Hannah Arendt asistió al tribunal de Jerusalén para presenciar el juicio del nazi Adolf Eichmann. El objetivo era cubrir el histórico caso para ‘The New Yorker’; sin embargo, cuando Arendt profundizó en la situación, se dio cuenta de que aquel criminal de guerra era un burócrata que obedecía órdenes. Un funcionario servil que nunca razonó los dictámenes de sus superiores, en la cadena de mando. Más tarde, Hannah Arendt desarrollaría una idea contundente sobre la condición humana: “El mal no necesita profundidad, basta con la ausencia de pensamiento”.

Aquella idea generó una gran polémica, al extremo de que la opinión pública (invisible, dirigida y letal) llegó a decir que la filósofa estaba liberando de culpas al individuo que organizó la deportación de millones de judíos durante el Holocausto. Los artículos de la filósofa alemana, de origen judío, fueron publicados en 1963 en el libro Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal.

En el siglo XXI, determinado por la confusión como estrategia geopolítica, el libro de Hannah Arendt cobra una fuerza quizá mayor que cuando se editó por vez primera. Si bien desde siempre el ser humano ha sido educado para la obediencia y la no interpretación, los hechos de los años recientes nos ubican en algo inédito: la relativización de la verdad, la destrucción de la línea que separa la nobleza de la perversidad como método de comunicación pública.

La posverdad no era un juego de cinco loquitos que subían incongruencias a las redes sociales. Las fake news tienen sus padres y fines ideológicos. Elon Musk sabe lo que pretende cuando afirma: “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”. Negando, parasitariamente, la reflexión que hizo Hannah Arendt sobre el tema: “La muerte de la empatía humana es una de las primeras y más reveladoras señales de una cultura a punto de caer en la barbarie”.

El fascismo actual se dicta en forma de cultura, se pronuncian discursos rabiosos, aparentemente idiotas y carentes de lógica, para crear reacción y comportamiento. El nuevo fascismo se transmite a través de emociones que desembocan en conductas primitivas. Gran parte de los militantes lo son sin ni siquiera saberlo. La nueva dinámica del fascismo nos necesita heridos, enfermos de odio. La apuesta en contra de la inteligencia tal vez nunca fue tan alta. Donald Trump es un claro ejemplo de lo que representa esta estrategia de banalizar el mal. Bastaría con revisar la mayoría de las fotos que se difunden del presidente de Estados Unidos; en casi todas aparece haciendo muecas burlonas. En las críticas que se le hacen es frecuente que sus detractores lo cataloguen de “senil”, “loco” o “payaso”. Pero resulta que todas estas consideraciones minimizan el trasfondo del ideario colonizador del magnate creador de concursos de belleza, entre otros artefactos generadores de conductas (importante no olvidar su historial). El sujeto grita, amenaza y ridiculiza a sus opositores, dentro y fuera de Estados Unidos. La humillación al otro, sea por raza o por diferencia política, tiene la intencionalidad de marcar y acorralar al enemigo. En su declaración de guerra al mundo la única arma visible es la militar.

De Trump a Netanyahu

La más reciente fase del genocidio contra el pueblo palestino está teniendo una serie de componentes que reafirman lo que Hannah Arendt definió como “la banalidad del mal”.

Múltiples crímenes, sadismo de los militares israelíes contra la población civil, alquiler de espacios públicos para presenciar el genocidio; ataques contra toda forma de apoyo hacia el pueblo palestino, pasando por satanizar a la UNRWA hasta la destrucción (ante los ojos del mundo) de la ayuda humanitaria.

‘Alto el fuego’ en Gaza. Desde la Casa Blanca, justo en los momentos en que crecía la movilización mundial contra el genocidio, se impuso un acuerdo que tenía más de estrategia que de realidad. La presión internacional se diluyó y la matanza sigue su curso.

El dolor tapizado por el negocio. Como si todo lo anterior fuera poco, en el reciente foro de Davos, el yerno de Trump presentó la “Junta de paz”, una ONU privada para crear un complejo inmobiliario en Gaza. Un plan exhibido, sin pudor alguno, sobre los crímenes de los palestinos y las cenizas de su territorio. Pero también sobre la memoria de la Humanidad, como si todavía no estuviéramos asistiendo a la aniquilación de un pueblo.

Siendo tan evidente la dimensión perversa de muchos hechos públicos actuales, habría que preguntarse qué lleva a un individuo (no cómplice directo) a apoyar tales acciones. He aquí donde renace el argumento de Arendt: «El mal surge de la incapacidad de pensar… Si resulta que la capacidad de distinguir el bien del mal tiene algo que ver con la capacidad de pensar, entonces deberíamos poder exigir su aplicación a toda persona normal, por muy culta o ignorante, inteligente o estúpida que sea”.

Leer a Hannah Arendt es discutir la responsabilidad del individuo en las grandes tragedias colectivas. El líder, el causante directo, necesita de la pasividad de las masas; el pensamiento diluido en la automatización de las respuestas. Los grandes matones jamás podrán conquistar a quien se hace preguntas, a quien se atreve a cuestionar su propia conciencia.

En la vorágine de acontecimientos que trituran nuestra atención, el espectador, sin saberlo, termina aceptando una barbarie que en un principio pudo haberle parecido insostenible. Tanta dosis de perversidad tiene una doble finalidad: ocupar el terreno que conquistan y sembrar inercia en el testigo global. La gran guerra que nos declararon es cognitiva; la nueva colonización es la del cerebro humano. Por algo los dueños de las grandes corporaciones tecnológicas son aliados de Trump. Algoritmo implosiona pensamiento. La complicidad que buscan en nosotros es la pasividad, el sueño eterno, solo eso les basta para quitarnos la conciencia y el mundo exterior.

La estupidez no era una fiesta para hacer la vida más ligera. La estupidez, como derivado del no pensamiento, es la inacción ante las grandes injusticias que nos rodean. De ahí a la obediencia ciega hay medio paso. Hannah Arendt llegó a decir: “Nadie tiene derecho a obedecer”. Todo un alegato revolucionario para los tiempos de secuestro cognitivo que vivimos. En el siglo XXI, cuando la colonización radica en dominar el cerebro humano, la lucidez es la principal rebelión.

*Edgar Borges. Escritor

Publicado originalmente en El Asombrario (Diario Público)

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